Viajeros, viajantes, travellers, vagabundos, vagamundos, pé-na-estrada, road road road

zz&zz sideradas na estrada, estradeiras no estribo do bonde, no vagão do trem, no ita do Norte, no pau de arara, de velas esticadas ou a palo seco, na boléia ou na última diligência.

Vai, vai, vai.... Vamos mesmo, quaquá!



BALDOMERO, EL ERIZO VIAJERO

Había una vez un erizo muy simpático que se llamaba Baldomero. Aunque había nacido en España vivía desde hacía mucho tiempo en Italia. Baldomero no sólo era simpático sino que también era muy curioso y emprendedor. Como le gustaba tanto conocer cosas nuevas se pasaba el día viajando y por eso era conocido como “Baldomero el viajero”. En su pueblo todos lo querían mucho porque era muy bueno y cariñoso pero la verdad es que no lo tomaban muy en serio . Cuando lo veían llegar con su pasito corto y todos los pelos de punta le hacían siempre la misma pregunta:

– Baldomero, Baldomero ¿dónde has puesto tu sombrero?
– En mi casa lo he dejado porque voy acelerado.
– ¿Y adónde vas tan deprisa, si hoy es lunes y no hay misa? (Baldomero era muy piadoso).
– Voy de viaje, voy de viaje, ¡tengo que comprarme un traje!
– ¿Vas a Lucca?
– Voy a Pescia.
– ¿Otra vez vas a Toscana?
– Sí, es una zona muy sana.
– ¿Y a Francia cuándo irás?
– Cuando tú me invites.
– Baldomero, ¡no te irrites!

Siempre se repetía la misma conversación pero era todo mentira. Es verdad que a Baldomero le gustaba mucho ir a Pescia pero había ido a muchísimos otros sitios porque a Baldomero lo que más le gustaba era desplazarse; sus palabras favoritas eran “ir a”. De hecho, al poco tiempo de nacer, sus padres se quedaron desconcertados, porque en lugar de decir: “papá”, “mamá”, “ajó” y las cosas esperables a su edad, sus primeras palabras fueron: “quiero ir a la cocina”.

Su madre estuvo a punto de desmayarse y su padre, que era más práctico, lo llevó a la cocina. Pero no acabó ahí la cosa porque, después de echar un rápido vistazo de reconocimiento a la cocina, dijo: “quiero ir al baño”. Su padre, todavía más desconcertado pero siempre igual de práctico, lo llevó al baño, pero después Baldomero quiso ir al comedor, al salón, a la habitación de sus padres, al trastero, a la terraza... a todos los lugares de la casa. Después de visitar el último rincón, Baldomero, satisfecho, se durmió y estuvo durmiendo una semana seguida.

A la semana siguiente, cuando se despertó y sus padres intentaron darle el biberón, Baldomero lo rechazó de un manotazo (en aquella época Baldomero era bastante poco agradable) y dijo: “quiero ir a la calle”. “¿A la calle?” repitió interrogativamente su madre, “¿a la calle?” repitió con los ojos como platos su padre. “Sí, quiero ir a un bar”. Sus padres se miraron, espantados, pero como eran primerizos todavía no habían aprendido a imponer su voluntad, así que lo llevaron al bar de la esquina. Después de desayunar chocolate con un montón de churros calentitos (se ve que la alimentación infantil tampoco era lo suyo ) Baldomero parecía de buen humor y un poco más educado. Se frotó las manos y dijo: “me gustaría ir al hospital”. “¿Te pasa algo?”, preguntaron sus padres, “¿estás enfermo?, ¿te han sentado mal los churros?”. “No”, contestó Baldomero, “simplemente es que quiero conocer los edificios públicos más importantes de la ciudad”.
Los padres se miraron con resignación, lo cogieron en brazos y, pasito a pasito (el hospital estaba bastante lejos) fueron al hospital. Después del hospital, quiso ir a la catedral, al Ayuntamiento, al cuartel, a los juzgados, al Palacio de Justicia, a la universidad, a la comisaría de policía, al parque, y hasta al cementerio, donde parece ser que se quedó más tranquilo y anunció: “quiero volver a casa, quiero irme a la cama”. Cuando llegaron a casa lo metieron en la cama, se durmió enseguida, y estuvo durmiendo una semana seguida.

A la semana siguiente, cuando se despertó, empezó a chillar como un energúmeno diciendo: “¡Me aburroooooo!”. Sus padres fueron corriendo a su habitación y le preguntaron: “¿Qué pasa?, ¿qué quieres?” “Quiero ir al campo”, contestó. “¿Al campo?”. “No, al campo no puedes ir porque es primavera y hay mucho polen y empezarías a estornudar” (la verdad es que Baldomero no tenía alergia al polen y seguramente no habría estornudado, pero su padre ya se estaba empezando a cansar de los caprichos de su Baldomerito y había decidido empezar a decirle que no ). “Bueno, pues entonces quiero ir a las afueras de la ciudad”. “No, a las afueras no puedes ir porque allí también hay mucho polen”. “Bueno, pues entonces quiero ir a la oficina, como papá”. “No, hijo, a la oficina se va a trabajar y tú todavía no tienes edad de trabajar”. “¿Y al colegio? ¿puedo ir al colegio?”. “Sí, hijo, sí”.

Fue al colegio, lo observó, visitó las instalaciones y después le dijo al director: “lo siento, tengo que irme, me gustaría ir a ver a mis tíos” (Baldomero hablaba cada vez de manera más educada). Al director – que era muy agresivo – no le hizo ninguna gracia que Baldomero se quisiera ir y le contestó: “Al dentista es adonde tendrás que ir cuando te parta los dientes”. “Perdone usted, señor director, pero si usted me parte los dientes no iré al dentista sino a la policía , y usted irá a la cárcel en vez de ir a la fiesta que organizan todas las primaveras los alumnos de...”
“¡Lárgate! ” le gritó el director, “Ve donde quieras pero no vuelvas por aquí”. Baldomero, muy digno, se tapó los oídos, se dio media vuelta y se dirigió a casa de sus tíos. Cuando llegó allí les contó todo, se acostó en la habitación de invitados, se durmió enseguida, y estuvo durmiendo una semana seguida.

A la semana siguiente, cuando se despertó, llamó a sus tíos y les dijo: “He decidido que no quiero ir al colegio todos los días, ni a la oficina cuando sea mayor , ni a la iglesia los domingos, ni al médico una vez al año. No quiero hacer una vida normal; mi felicidad consiste en ir a sitios, en moverme, desplazarme, viajar. Quiero ir al teatro, al fútbol, a Madagascar, a África, a China, a Sicilia, a Lombardía y al pueblo de al lado ...


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Seguindo na levada hard rock das donas classe Z do terreiro, que viajaram (em todos os sentidos), vai um estica-puxa. Nunca em clave étnica de coitadices, senão na exibição pura e simples da anti-estética de desconstrução de todas as viagens e todas as estradas.

Não há beleza na morte, beleza sai da contra-morte, do que se escava dos escombros e ruínas. Quem quiser que troque japas por ianques ou sérvios ou hutus ou aztecas e troque chinas por japas, zulus, palestinos, hititas, vietnamitas, guaranis... Daqui da lama são tudo a lesma lerda.



O exército invasor era reduzido em relação aos chineses, entre soldados e população civil. Condições logísticas não havia para confinar e, principalmente, manter tal massa de prisioneiros de guerra. Não havia comida, depósitos e guardas o bastante. Os militares sabiam muito bem que o menor incidente entre cativos e captores acenderia o rastilho do caos e a possibilidade de uma resistência que seria desastrosa à meta final. 50 mil carcereiros para 300 mil prisioneiros era situação impensável para o comando-geral invasor. Estancaria a progressão da missão. Logo, só haveria uma saída para o problema que se apresentava. Tão logo a cidade estivesse sob o controle japonês, de forma rápida, metódica e organizada, fuzilar todo o efetivo militar chinês e massacrar toda a população civil.

Naquelas horas mortas de um inverno promissor, iniciava-se o reinado dos homens pequenos, os antissamurais.

O alvorecer de 13 de dezembro de 1937 previa o rito de rendição das forças chinesas acantonadas, a entrega das armas e a ocupação ordenada da cidade de Nanquim.

Nas mentes de cada soldado japonês, no entanto, martelava sem descanso a Ordem do Dia, emitida e chancelada pelo comandante-em-chefe Asaka Yasuhito (de própria lavra... ou obedecendo instruções de Tóquio?):

Não fazer prisioneiros. Morte a todos.





Os jovens soldados chineses de Nanquim apresentaram-se aos igualmente jovens soldados japoneses, constrangidos por render-se às vistas da população sob sua proteção, dos representantes da imprensa nacional e internacional, dos comerciantes e diplomatas forasteiros do setor estrangeiro e, principalmente, dos colegas de armas, invasores de sua pátria. Nada do que sonharam sobre renhidos confrontos e árduos triunfos assemelhavam-se àquele melancólico desfecho. Entrega burocrática de armas, troca da guarda e, depois, a deprimente segurança em um campo de prisioneiros. Silêncio em vez de gritos, gris em vez de rubro, apatia em vez de ação, preservação em vez de heróica fugacidade. O povo, ao menos, poupado da inócua carnificina, buscaria outras formas de seguir lutando.

Não o povo de Nanquim.

Ao ronco dos blindados desfilando nas avenidas e as revoadas zero sobrevoando a cidade, juntaram-se, naquele 13 de dezembro de 1937, ordens berradas ordenando imediata triagem e separação dos prisioneiros em grupos de doze, de acordo com seus regimentos de origem. Aquilo se passou em todas as partes da cidade. Confusos soldados chineses abordavam qualquer pelotão japonês que encontrassem, para solicitar o obséquio de recolherem suas armas e encaminhá-los aonde de direito. Eram encaminhados em grupos aos locais onde pelotões de execução cumpriam plantão permanente. Atiradores armados de fuzis ou metralhadoras e munição de reserva. Afinal, havia cerca de 300 mil para executar, e o exército japonês só então se deu conta de que matar aquela massa humana não era tão simples como se imaginava.

Mesmo tendo as primeiras sessões transcorrido como planejado: prisioneiros alinhados, ordem de fogo e descarga certeira, as coisas começaram a degringolar, quando o frenético espoucar, as súplicas, os lamentos e as notícias começaram a correr as ruas. De súbito, aquela multidão semi-catatônica apercebeu-se do fim que lhe reservavam, e sentiu escapar-lhe o chão e a serenidade. Os japoneses, enquanto isso, a despeito da presteza e do entusiasmo, custavam em dar conta da missão a que se auto-atribuíram. Corpos começaram a empilhar-se por todas as partes e havia que lhes dar fim, para evitar que a atmosfera distribuísse democraticamente epidemias entre vencedores e vencidos. Encharcavam as pilhas com gasolina e incendiavam. As fogueiras nublaram o céu com o fumo preto, gorduroso, de carne esturricada. Mas um corpo não se consome tão fácil, como em romans policiers. As labaredas vacilavam e se consumiam sobre cadáveres semiqueimados, enegrecidos e ressecados da desidratação. Pele, músculos e ossos são péssimo combustível, e logo a cidade encheu-se de “instalações” de estilo pós-moderno, expondo restos disformes do glorioso exército kuomintang a exalar pestilência hiperrealista. Era trabalho insano e recém começara.

O profissionalismo debandara quando mais se fazia necessário ao exército japonês. Recursos fartos e modernos se prouveram às tropas para vencer combates. Eram homens adestrados ao engalfinhamento face a face, aos jogos de guerra em que se apostava a própria vida. Fazer daqueles homens carrascos era transtornar de modo irreversível os parâmetros que os mantinham na bitola da moral regular, removendo a âncora que os firmava nas ondas do livre-arbítrio. É relativamente fácil manter procedimentos morais e éticos equilibrados sob instâncias, digamos, de “normalidade cotidiana”. Sob risco de vida, com armamentos à farta, tensão psicológica, desgaste físico e mente sintonizada em frequências-limite, cujas amplitudes são matar ou morrer, tudo é (em geral) controlável. Em situações de combate, alteram-se instantaneamente as referências psíquicas. A frequência mental muda, as alternativas se restringem e o espectro do moralmente permissível se amplia. Se um soldado é feito carrasco, sem demora irá adequar a sua reflexão ao reflexo do carrasco. Se um soldado dispõe de mulheres indefesas à sua mercê, uma turbulenta corporação a servir de incentivo e superiores a apoiá-lo, a sua insegurança derivada de formas arcaicas de alienação social, doutrinação política, introjeção psíquica e repressão sexual, irá, muito provavelmente, fazer dele um estuprador. Se tiver à sua mercê homens derrotados, fragilizados e indefesos, dele emergirá o assassino. A partir do instante em que o soldado executa o seu primeiro ato de carrasco, o carrasco fomentará seus posteriores atos de soldado.

Isto bem demonstra as fragilidades do substrato cultural perante situações extremas, a face primal do ser emergindo de modo incontrolável ao rompimento do tênue equilíbrio entre vontade, possibilidade e controle. É o indivíduo fazendo História e a História fazendo o indivíduo. A nacionalidade, o caráter, a educação, a cultura, a religiosidade, a ética privada, nada conta quando as circunstâncias históricas confluem na produção dos fatos históricos, valendo-se de agentes históricos munidos de disposições ideológicas; coletividades impelidas por necessidades por vezes irracionais, mas nunca ilógicas, porque comandadas por fatores políticos, econômicos e táticos macros, acima do indivíduo, externos ao indivíduo. O que o japonês praticou em Nanquim, não difere conceitualmente do que praticou o alemão em Varsóvia, o russo em Berlim, o norte-americano em Hiroshima, o espanhol em sua própria Madri, a RAF e a USAF em Dresden; para citar apenas ocorrências relativas à Segunda Guerra, que segundo estimativas oficiais resultou 50 milhões de mortos entre militares e civis, sem considerar os outros tantos vitimados por suas sequelas, como fome, crimes e epidemias. De qualquer forma, seres humanos agindo contra seres humanos em função de determinantes incubados, que em momentos históricos cruciais detonaram crises não-administráveis, levando ao rompimento da normalidade “contratual” e iniciando um “vale-tudo” que institucionalizou a ilegalidade, confrontando sociedades contra sociedades. As normas pactuadas do autogoverno moral, nessas circunstâncias, entrarão igualmente em crise, com o autodiscernimento indo refugiar-se sob as largas asas da obediência à hierarquia, levando todos à sensação de inimputáveis, sob a justificação de estar “cumprindo ordens” e dando brecha às famigeradas “atrocidades”. Mas quem as comete, afinal? Não é razoável supor que a nação japonesa haja produzido, justamente naquele momento, e reunido em Nanquim, 50 mil degenerados prazeirosamente dispostos a maltratar, ferir, torturar, violentar e matar; do mesmo modo como não é razoável que tal tenha se dado com os romanos em Cartago, os hebreus em Nínive, os persas na Babilônia, os espanhóis no México, os norteamericanos em Little Big Horn, os belgas no Congo, os franceses na Argélia, os ingleses na Índia, Paquistão, Paraguai e também China, os turcos na Armênia, os sérvios na Bósnia, os bósnios na Sérvia, os hutus em Ruanda, nos massacres entre sunitas e xiitas, dentre os inúmeros exemplos que a história das civilizações coleciona. No affair sino-japonês, especificamente, chacina desordenada é hipótese que contraria a própria norma disciplinar de um exército organizado; qualidade imprescindível, por sua vez, ao deslanche de uma operação planificada com tanto rigor. Tratava-se de invadir e ocupar um país de largas dimensões e numerosa população. A própria envergadura da operação requereria soldados dotados de rigoroso autocontrole e imediata resposta a comandos; eram homens habituados a extenuantes exercícios de treinamento e condicionamento. Dizia o grego: “O soldado espartano só foge ao combate, como só é cruel em combate, se a tais ordenado for”. Os atos cometidos durante a ocupação de Nanquim, como de resto todos os atos de guerra, obedeceram a lógicas estreitamente ligadas à afirmação de alguma forma de hegemonia.

Ou seja, não menosprezando variáveis individuais, presentes em todas os grupos e sociedades, como estabilidade psíquica, maleabilidade moral, histórico pessoal, aspirações pessoais, índole pessoal, disciplina, tendência ao vandalismo, suscetibilidade a pressões, frustração sexual, sadismo, raiva e outros derivativos da história pessoal, que tanto podem produzir artistas refinados como serial killers; e fatores político-culturais, como introjeção social, nuclearidade, niilismo, morbidez, fetichização do detalhe, auto-divinização étnica, códigos de fidelidade, fanatismo corporativo e princípios associativos de cunho feudal; o genocídio de Nanquim não foi produto de desvio de conduta, quebra de hierarquia, indisciplina, degeneração moral ou psicossocial natos (não apenas isso); mas ocorrência prevista (e desejada) pelo alto comando militar e altos escalões do Estado-Maior do governo Hiroíto, e mais que desejado, estimulado... ordenado. A experiência de vivisseção da espécie humana, empreendida pelos governadores do Sol Nascente, começou usando seus próprios soldados como cobaias. Jovens comuns, que sob outras circunstâncias teriam sido, talvez, operários, bancários, mecânicos, tecelões, professores, horticultores, barbeiros, eletricistas, motoristas, cantores, garçons, cozinheiros, sacerdotes ou praticantes de qualquer outra pacata (desprezível, diria o híbrido código samurai-tecnocrático) atividade. E não seria de admirar que a população japonesa não diretamente envolvida na guerra tivesse igualmente se horrorizado com os atos praticados por concidadãos, talvez parentes, colegas ou amigos. Certamente, setores da sociedade japonesa até desaprovassem profundamente a campanha militarista empreendida por seu país, que outrora oferecera obras e reflexões do mais elevado valor humanístico. O budismo elaborado na Índia, e levado ao Japão via China, fora depurado até a essência pela notável síntese zen, proporcionando luminosos patamares ao enriquecimento integral do espírito humano, através do diálogo harmonizado entre o filosófico, o social, o ético e o estético, ferramenta dialética à compreensão das relações do ser com a consciência de si próprio e do mundo físico. Talvez o próprio samurai remanescente lastimasse a desvirtuação que seu código de honra sofrera sob a manipulação dos mentores de uma guerra desonrosa a serviço de interesses mesquinhos, que promoviam a desumanização do guerreiro. Estimular a desumanização de si foi essencial à desumanização do outro, levando à noção da superfluidade do ser humano em geral; fator psicológico e ideológico dos mais eficientes na mobilização de matanças e auto-imolações. Em sendo supérfluos todos, inclusive eu, nada mais será real, menos ainda o imperativo moral.

É este o cerne de qualquer discussão séria relativa a genocídios, como o havido em Nanquim, e que levaria Hannah Arendt a afirmar, alguns anos depois, referindo-se à base ideológica da doutrinação nazi-fascista: “O problema com Eichmann era exatamente que muitos eram como ele, e muitos não eram nem pervertidos, nem sádicos, mas eram e ainda são terrível e assustadoramente normais”, isto porque “o objetivo do movimento totalitário é eliminar a capacidade de distinguir a verdade da falsidade, a realidade da ficção, ou seja, abolir a capacidade de sentir em comum e pensar por si mesmo”.


"Os atos cometidos durante a ocupação de Nanquim, como de resto todos os atos de guerra, obedeceram a lógicas estreitamente ligadas à afirmação de alguma forma de hegemonia."

 

"Estimular a desumanização de si foi essencial à desumanização do outro, levando à noção da superfluidade do ser humano em geral; fator psicológico e ideológico dos mais eficientes na mobilização de matanças e auto-imolações. Em sendo supérfluos todos, inclusive eu, nada mais será real, menos ainda o imperativo moral."

Vale a banalidade do mal e não a banana que tem vitamina. O imperativo moral não impede o amoroso, ser amor da cabeça aos pés, pelo menos enquanto eles se batem.

Dando um rolê por aí, cariocas são bacanas e sacanas. Maurição ronca-ronca, aquele filho da puta adorável, e vascaíno, fica provocando a torcida do Flamengo, postando o vídeo da vitória do Bangu em cima do Mengão e a baixaria decorrente.

Não consigo deixar de rir, porque se "arrepende" e vai passear na praia, "explicar" que nessa geografia somos politicamente felizes nessa briga de bichos parentes, bacalhau e urubus. Viva meu ronca-ronca, apesar, e por isso mesmo, das nossas diferenças que não estão apenas no Maraca.

Cariocas bacanas e sacanas são devotos do rei sol para limpar as cabeças do entulho e do limo que não deixa o rolê rolar. Tem troco, olha aí o Maurição.

 

 

Aproveita e olha a luz do céu azul, é inverno mermão no Rio.

Ciganos, que desde minina, me enchem de orgulhos- sem medos

Anti-maurício?
Raio laser e areia. Futebol é noves fora e onze dentro.
Valeu, por sinal que...

Brasil e Paraguai.
Times enfileirados, enbandeirados, hinos falando de clavas fortes e matar os vizinhos.
Da lama (h)ouvindo e decidiu. Decreta a troca dos dois hinos, e a troca de todos os hinos. Quem diz que não pode?
As areias dos aterros não chegam ao lodo fluvial de Yang Tse. O Sol brilha mais frio, menos samba no pé... quizás quizás quizás.


Hino do Brasil


Hino do Paraguay

E a tabela simetricamente (im)perfeita dos jogos de todos os domingos. Pontos corridos, sem mata-mata. Haja hino. Diriam zz’s: quaquá!

Nacional X Internacional
Palmeiras X Pinheiros
Milionários X Operário
Guarani X Bandeirante
Independência X Real Brasil
Democrata X Imperatriz
Rio Negro X Rio Branco
Campo Grande X Serrano
Tiradentes X Lusa
Vila Nova X Porto Velho
Botafogo X Concórdia
Ponte Preta X Rio Claro
Ferroviário X Náutico
Progresso X Tradição
Cabofriense X Queimados
Vitória da Conquista X Fortaleza

pois é... tem dias que penso exatamente assim, caro filósofo:

" Daqui da lama são tudo a lesma lerda..." e haja insanidades... 

aí pensei nesta música:

Tudo a ver, não?
O contraste, a flor no lodo, na lama.
Sempre brota, quando menos se espera.

por isto, mano velho, por isto, não esquecer nunca:

 

Sweet memorial mobílias, Lupe, sempre polidas, sempre brilhantes.
Luz e paz.
Viva Thiago de Mello, viva Monsueto, viveremos, entre risos e lágrimas e em todos os idiomas.

em todos os idiomas e, sobretudo, em todos os lugares. entre risos e lágrimas, na jamaica um dia cantava-se assim e ainda se canta, né? tem que se cantar, senão...

 

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